Santuario de Mendoza

El Santuario de Mendoza, se fundó el 10 de Octubre de 1980, en la Puntilla, Godoy Cruz.

Y su nombre es, "Nazareth del Padre, tierra de unidad"

Santuario La Puntilla (Mendoza)

El santuario hoy:

Nazareth del Padre, tierra de unidad.

En el origen del Santuario de Schoenstatt no se dio ninguna aparición extraordinaria, ningún sueño profético, ningún hecho deslumbrante. Simplemente nos encontramos con la plática de un sacerdote en la que propone, a un grupo de muchachos, convertir la antigua y abandonada capillita de Schoenstatt en un Santuario, pidiéndole a la Santísima Virgen que establezca en aquel lugar su morada y derrame desde allí sus gracias. Pareciera pura y simple iniciativa humana: un hombre que invita a Dios y a la Virgen a cooperar en un plan que se le ha ocurrido a él. Sin embargo, si calamos más hondo, nos damos cuenta de que esa iniciativa humana no fue lo primero, sino más bien una respuesta en la fe a la iniciativa de Dios. Lo que el Padre Kentenich hizo fue tratar de descubrir la voluntad de Dios manifestada en las circunstancias. Auscultando esas voces de Dios, llegó a la conclusión de que él le insinuaba invitar a María a establecer su trono de gracias en la pequeña capillita de Schoenstatt.

Si el Padre Kentenich llegó a proponer, al grupo de jóvenes que él dirigía, la original idea de convertir la abandonada capillita del antiguo cementerio de Schoenstatt en un lugar de gracias, fue única y exclusivamente porque estaba convencido de que Dios así lo quería. Llegó a dicho convencimiento después de haber puesto la mayor atención y fidelidad posible a los mensajes que la Divina Providencia le dirigía a través de todos y cada uno de los acontecimientos. En la meditación y oración llegó al convencimiento que era Dios mismo quien deseaba que María estableciera allí su trono de gracias. Por eso, el 18 de octubre de 1914, el día en que pronunció la famosa plática que hoy conocemos con el nombre de «Acta de Fundación de Schoenstatt», les propuso a los jóvenes congregantes esta audaz idea de ofrecer a María su serio esfuerzo por la santidad a fin de atraerla para que ella se estableciese espiritualmente en la capillita, transformándola en su Santuario y desde allí iniciara un Movimiento de renovación para la Iglesia.

Fuente: 150 preguntas sobre Schoenstatt - P. Rafael Fernández - Editorial Patris.


Gracias del Santuario

Las gracias principales que la Virgen María regala en el Santuario son tres: la gracia del cobijamiento en Dios; la gracia de la transformación interior en Cristo, y la gracia del envío y fecundidad apostólica.
 

Gracia del arraigo o cobijamiento interior

Es la gracia de un profundo encuentro en el corazón maternal de la Santísima Virgen y, a través suyo, con el corazón de Cristo y de Dios Padre. Esta gracia nos comunica la seguridad de la fe, la certeza de la confianza de hijos de Dios; el sabernos de verdad miembros de Cristo, revestidos de nobleza divina y partícipes de su misión.

Por esta gracia del Santuario, María quiere sanar una honda llaga del hombre actual: un hombre desvinculado, sin hogar, sin familia, que desconoce el arraigo en un tú humano y en el tú divino. Este hombre es acogido en el corazón de María. En ese corazón es amado y puede echar raíces, entregar toda su miseria y debilidad y sentir su dignidad como hijo de Dios, especialmente amado por él.

María nos regala a la vez su Santuario como símbolo y signo sensible de este cobijamiento profundo en su corazón y en el corazón de Dios. Por eso podemos decir con toda convicción que el Santuario es nuestro hogar. De allí también que el Movimiento de Schoenstatt se sienta tan profundamente una Familia. El arraigo y cobijamiento en Dios lleva al arraigo y cobijamiento comunitario.

Leemos en el Acta de Fundación: «Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María y confesar: '¡Qué bien estamos aquí! ¡Establezcamos aquí nuestra tienda! ¡Este es nuestro rincón predilecto!'».

La gracia del arraigo en Dios vence la angustia típica de nuestro tiempo, ese nerviosismo e inseguridad existencial en la cual nos movemos atemorizados por el presente y el futuro, en todos los órdenes de nuestra vida. Con María nos sentimos seguros como «sobre roca»; bajo su manto nada podemos temer. Esa es la convicción que recibimos en el Santuario. La inscripción que lleva el marco de su imagen en el Santuario nos confirma la realidad de esta gracia del arraigo o cobijamiento en el corazón maternal de María:

«Servus Mariae numquam peribit», «un siervo de María nunca perecerá».

(150 preguntas sobre Schoenstatt. P. Rafael Fernández. Editorial Patris).

Gracia de transformación

María implora para nosotros en el Santuario al Espíritu Santo. El, que la cubrió con su sombra en la Anunciación, que por medio de ella santificó a Isabel y su hijo, que descendió por sus ruegos en el Cenáculo sobre los apóstoles, accede también a sus ruegos y muestra su fuerza transformadora en el Santuario, forjando en nosotros vivas imágenes de Cristo. Encuentros con María en el Santuario significan para nosotros ponernos en contacto vital con la «llena de gracias», la mujer «vestida de sol», que nos baña de su luz, nos educa y ennoblece.

La gracia de la transformación interior hace fecundo el esfuerzo por nuestra autoformación y nos lleva a vencer en nosotros al «hombre viejo», que se aparta de Dios por el pecado y se conforma con una vida mediocre y egoísta. Nos hace sensibles a la voz del Señor y dispuestos a seguir en todo la voluntad del Padre; nos libera de las múltiples esclavitudes que nos atan y frenan nuestro crecimiento interior; nos saca de la cárcel del yo, para convertirnos en personas abiertas al tú y dispuestas a servir a los hermanos, a ser, en verdad, hombres nuevos en Cristo Jesús.

(150 preguntas sobre Schoenstatt. P. Rafael Fernández. Editorial Patris).

Gracia del envío apostólico

La gracia de la fecundidad apostólica, que María nos regala en el Santuario, en virtud de la Alianza, viene a completar el sentido de las dos gracias anteriores. En efecto, la gracia del arraigo y de la transformación interior no son únicamente un don que Dios nos hace personalmente, sino que representan, en primer lugar, un regalo para el mundo y la Iglesia. Porque esas gracias se nos dan para transmitirlas a los demás. A María le importa cooperar con la redención de Cristo, quiere co-redimir y para ello nos llama y elige como sus instrumentos en la Alianza.

María nos dice que cada uno de nosotros tiene una misión apostólica y que ella implora constantemente para nosotros la luz y la fuerza para que cumplamos esa misión. Así como ella imploró en el Cenáculo al Espíritu Santo para la Iglesia naciente y los primeros apóstoles, así ahora también implora en el Santuario la gracia de la fecundidad apostólica que nos lleva a realizar un apostolado fecundo. Nos mueve a tomar iniciativas y a comprometernos activamente en la transformación de la sociedad para llenarla del espíritu de Cristo. Ella nos muestra que nos acompaña, que nos apoya y hace fecunda nuestra acción desde el Santuario:

«Ella es la gran misionera, ella realizará milagros».